La mañana después de la revelación, la luz del sol que se filtraba a través de las cortinas de la mansión Montemayor se sentía diferente: más aguda, más honesta. Clara se despertó no con el sonido de un hombre pesado que luchaba por respirar, sino a la vista de Sebastián sentado junto a la ventana, un dios griego con una túnica de seda, desplazándose por una tableta con una mirada enfocada y penetrante.
El “cerdo multimillonario” estaba muerto. En su lugar había un hombre tan sorprendentemente guapo que se sentía como un nuevo tipo de crueldad.
—Estás mirando fijamente —dijo Sebastian, con la voz suave como el terciopelo, sin dar la vuelta.
—No sé quién eres —susurró Clara, sentada y tirando de las sábanas de su pecho. “El hombre que me importaba estaba gruñón y olía a ungüento medicinal. Tú… pareces un extraño”.