“Sebastian, querida”, ronroneó, ignorando a Clara por completo. “Qué truco tan delicioso. Todos sabíamos que eras excéntrico, ¿pero esto? Es un genio. Ahora que la broma ha terminado, podemos dejar de fingir con esta… pequeña sirvienta, ¿no? Necesitas una mujer que coincida con tu nueva cara”.
La habitación se quedó en silencio. Sebastian no se alejó. Miró a Vanessa con una sonrisa fría y aterradora.
—Tienes razón, Vanessa —dijo. “La broma se acabó. Pero has malinterpretado el remate. No usé ese traje para encontrar a una mujer que coincidiera con mi cara. Lo usé para encontrar a una mujer que no lo hiciera”.
Se volvió hacia Clara y le dio un beso de la mano delante de todos. “Mi esposa es la única persona en esta habitación que es hermosa en el interior. La mayoría de ustedes… solo usan un tipo diferente de silicona”.
Las grietas en el espejo
Pero el drama no siempre se encuentra en los enemigos; a veces, se encuentra en el espejo.
A medida que pasaban las semanas, Clara comenzó a retirarse. Se sentía como un adorno. Cuando Sebastian era “Baste”, ella era su fuerza, sus manos, su cuidadora. Ahora que él era Sebastián, él era el sol, y ella era sólo una luna que reflejaba su luz.
Una noche, lo encontró en su gimnasio privado, levantando pesas con una ferocidad que rozaba el dolor.
“¿Por qué sigues trabajando tan duro en eso?” Ella preguntó. “El traje se ha ido. Ya has ganado”.
Sebastian dejó caer los pesos con un golpe atronador. Se volvió hacia ella, sudando su pecho, con los ojos oscuros. Porque todavía puedo sentirlo, Clara. Todavía puedo sentir el peso. Todavía puedo escuchar la risa de gente como Vanessa. Pasé tres años siendo un ‘cerdo’ para ver quién se quedaría, pero la verdad es que me convertí en esa persona. Me temo que si me detengo, la máscara se convertirá en mi realidad de nuevo”.