SE VIO OBLIGADA A CASARSE CON EL “MULTIMILLONARIO DE CERDO” PARA PAGAR LAS DEUDAS DE SU FAMILIA

—Sebastian… —gritó Clara.

“Ganaste el partido, Clara. Y como tu recompensa, te doy toda mi riqueza, mi corazón y mi verdadero rostro.

Clara abrazó a su marido.

No porque fuera guapo.

Pero porque su amor se había demostrado real.

A la mañana siguiente, las noticias explotaron sobre la “transformación milagrosa” de Don Baste.

El mundo se sorprendió al ver al increíblemente guapo multimillonario de pie junto a su simple esposa.

Vanessa, e incluso la propia familia de Clara, trató de acercarse a ellos por dinero, pero la seguridad los detuvo.

“Las puertas de esta mansión están abiertas solo para aquellos con corazones genuinos”, dijo Sebastian en una entrevista.

Clara y Sebastián vivieron felices para siempre…

Una prueba viviente de que la verdadera belleza no es vista por los ojos, sino que se siente por el corazón.

Parte 2: El precio de la máscara

La mañana después de la revelación, la luz del sol que se filtraba a través de las cortinas de la mansión Montemayor se sentía diferente: más aguda, más honesta. Clara se despertó no con el sonido de un hombre pesado que luchaba por respirar, sino a la vista de Sebastián sentado junto a la ventana, un dios griego con una túnica de seda, desplazándose por una tableta con una mirada enfocada y penetrante.

El “cerdo multimillonario” estaba muerto. En su lugar había un hombre tan sorprendentemente guapo que se sentía como un nuevo tipo de crueldad.

—Estás mirando fijamente —dijo Sebastian, con la voz suave como el terciopelo, sin dar la vuelta.

—No sé quién eres —susurró Clara, sentada y tirando de las sábanas de su pecho. “El hombre que me importaba estaba gruñón y olía a ungüento medicinal. Tú… pareces un extraño”.

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