Daniel se detuvo.
Regresó hasta donde estaba su amigo.
Se agachó frente a él.
—¿Confías en mí?
Lucas sonrió.
—Siempre.
Sin decir una palabra más, Daniel se colocó delante de la silla.

Con ayuda de otros dos compañeros levantó cuidadosamente a Lucas sobre su espalda.
Los profesores corrieron inmediatamente hacia ellos.
—¡Daniel! ¡No puedes hacer eso!
—Es muy peligroso.
—Podrías lastimarte.
El niño respiró profundamente.
—Entonces iremos despacio.
Pero iremos juntos.
Nadie supo cómo convencerlo de cambiar de opinión.
Comenzó a caminar.
El sendero era largo.
Había piedras.
Raíces.
Subidas pronunciadas.
Cada pocos minutos necesitaba detenerse para recuperar el aliento.
Lucas insistía constantemente.
—Bájame.
No quiero que te canses.
Daniel sonreía.
—Cuando tú te cansas de usar la silla, tampoco puedes bajarte de ella.
Hoy me toca cansarme a mí.
Aquellas palabras dejaron sin respuesta incluso a los profesores.
Poco a poco otros alumnos comenzaron a ayudar.
Uno llevaba la mochila de Daniel.
Otro empujaba la silla vacía.