Don Manuel buscó a Javier entre los agentes.
—Robles, acérquese.
Javier caminó con el corazón golpeándole el pecho.
—Hace siete años —dijo don Manuel—, usted estaba en una sala de interrogatorios, acusado falsamente por un superior corrupto. Yo le dije que la integridad no es cómoda, pero es necesaria.
Javier tragó saliva.
—Lo recuerdo, señor.
—Hoy lo demostró. Reconoció algo malo, reunió pruebas y no miró hacia otro lado.
Don Manuel sacó una placa de su chaqueta.
—Desde este momento, queda nombrado capitán interino de la Policía Municipal de San Miguel del Río. La supervisión evaluará su mando durante seis meses.
El vestíbulo estalló en aplausos.
No todos aplaudieron.
Algunos miraron al suelo.
Pero muchos sí.
Y eso bastó para empezar.
Javier tomó la placa con manos temblorosas.
—No lo voy a defraudar.
—No lo haga por mí —respondió don Manuel—. Hágalo por la gente que entra aquí asustada y merece salir respetada.
Luego miró a Marta.
—Agente Salas, queda asignada a Asuntos Internos. Su tarea será encontrar lo enterrado antes de que vuelva a pudrirse.
Marta asintió.
Por primera vez en años, la comisaría respiró diferente.
Pero la justicia no termina cuando se llevan a los culpables.
La justicia empieza cuando se repara a los inocentes.
En una sala aparte, Tomás, María, Luis y Jaime recibieron documentos oficiales.
Certificados de exoneración.
Registros anulados.
Reconocimiento formal de que habían sido víctimas de abuso.
Tomás leyó el papel con ojos llenos de lágrimas.
—Mi hija podrá saber que su padre no era un delincuente.
Don Manuel puso una mano sobre su hombro.
—Lo sabrá con papeles, con verdad y con tiempo.
María apretó su certificado contra el pecho.
—¿Puedo enseñárselo a mis hijos?