—Una broma —repitió.
—Sí. Una broma.
—¿El vestido viejo también es una broma?
—Ella se ensucia sola.
—¿El pelo revuelto?
—No deja que la peine.
—¿La caseta del perro?
Sophia tragó saliva.
—Solo la senté un momento. Juro que…
Desde la puerta de servicio apareció una joven.
Delantal gris.
Ojos hinchados.
Se llamaba Marta.
Llevaba tres años en la casa.
Al ver a Michael con la madre en brazos, se le doblaron las rodillas.
—Señor… yo… yo intenté…
—Habla —dijo Michael.
Marta miró a Sophia.
Sophia le lanzó una mirada que prometía despido.
Muerte civil.
Silencio eterno.
Marta respiró.
Y habló igual.
—La señora Sophia despidió a la enfermera hace diecinueve días.
Le quitó el teléfono a su madre.
Vendió el anillo de bodas del señor Harper padre.
El de oro viejo.
El que la señora nunca se sacaba.
Lo vendió por una pulsera nueva.