Sofía se quedó pequeña, con los hombros temblando ligeramente.
En sus brazos, los moretones eran más visibles que nunca.
Alejandro sostenía una toalla caliente, pasándola suavemente sobre cada marca.
Su voz era baja, tranquila… casi reconfortante.
“Está bien… eres muy fuerte”, le dije. “No dejes que te vean llorar”.
Sofía no dijo nada.
Ella se quedó quieta.
Como una pequeña estatua.
Como si ya estuviera acostumbrada a aguantarla.
Entonces…
No he visto a un hombre peligroso.
Vi otra verdad.
Una niña que estaba siendo herida… todos los días… fuera de esta casa.
Y un hombre que estaba tratando de protegerla de la única manera que sabía.