El ambiente cambió.
No de forma dramática. No en voz alta.
Pero todos los adultos presentes lo sintieron.
Mitchell dio un paso lento hacia adelante. “¿Qué quieres decir con que vio a alguien?”
Chloe finalmente se giró. Su rostro permaneció sereno, casi demasiado sereno, como si hubiera pasado años aprendiendo a guardar cada sentimiento cuidadosamente dentro de su pecho.
“No debía contarlo”, dijo.
Su voz era débil, pero no temblaba.
Denise se arrodillo junto a ella. —Cariño, ¿quién te dijo eso?
Los ojos azules de Chloe se movieron de la trabajadora social al alcaide, y luego de vuelta a su padre.
Gavin susurró: “Está bien, cacahuete. Ya puedes decirlo”.
Chloe miró a los oficiales que estaban de pie junto a la puerta.
“¿Pueden irse?”
Uno de los guardias se puso rígido. —Alcaide…
Mitchell levantó la mano.
No era un hombre sentimental. El sentimentalismo era peligroso en su trabajo. Pero algo en el rostro del niño tenía más peso que el miedo. Tenía recuerdos.
—Salgan afuera —ordenó Mitchell.
Los guardias dudaron apenas un instante antes de abandonar la habitación. La puerta se cerró con un fuerte clic.
Mitchell permaneció de pie cerca de la mesa. Denise quedó al lado de Chloe.
—Muy bien —dijo el alcaide—. Digame qué recuerda.
Chloe entrelazó los dedos. “Recuerdo la lluvia”.
Los ojos de Gavin parpadearon.