El video también la volvió conocida.
Le ofrecieron entrevistas, transmisiones y hasta participar en un programa de televisión.
Rechazó todo.
—No defendí a mi hija para convertirme en espectáculo.
Pero sí aceptó regresar como entrenadora voluntaria a un deportivo de la alcaldía.
Cuando los alumnos nuevos le preguntaban si era “la señora del video”, ella respondía:
—Soy Elena. Y el judo sirve para defenderse, no para presumir que puedes golpear gente.
Raúl tampoco salió bien librado.
Su esposa se enfureció cuando descubrió que había subido imágenes de niños asustados sólo para conseguir visitas.
Aquello abrió problemas que ya existían entre ellos.
Meses después se separaron.
No porque mi historia hubiera destruido su matrimonio, sino porque Patricia comprendió que vivía con alguien capaz de convertir la humillación ajena en entretenimiento.
Mauricio se mudó primero a Querétaro y después a León buscando trabajo.
Durante un tiempo mandaba mensajes a los niños.
Emiliano casi nunca contestaba.
Sofía sí lo hizo durante algunos meses.
Hasta que una tarde le preguntó:
—Papá, ¿por qué aquella vez no defendiste a mamá?
Según me contó mi hija, Mauricio respondió:
—Porque tu mamá también cometió errores.
Sofía colgó.
Tenía doce años.
Y entendió algo que muchos adultos tardan décadas en comprender: pedir perdón no significa repartir culpas.
Dos años después, nuestra vida era completamente diferente.
Yo había sido ascendida a directora administrativa.
Emiliano estudiaba programación.
Sofía participaba en concursos de dibujo.
Mi madre seguía entrando a casa diciendo:
—¿Quién quiere quesadillas?
Como si nunca hubiera tenido que presentarse frente a un portón para sacar a sus nietos de una pesadilla familiar.
Una noche le pregunté: