En la encimera de la cocina había una taza de té caliente, un jarrón con flores frescas y la sentencia oficial de divorcio sellada por el juzgado.
Nadie me gritaba.
Nadie revisaba mis cuentas bancarias personales.
Nadie me exigía que entregara mi herencia.
Nadie me decía que merecía que me pegaran.
Solo estaba yo.
Y, por primera vez en mi vida, aquel silencio no se parecía a la soledad.
Se parecía a la libertad.