Primero miedo.
Después una rabia oscura y ardiente.
Y finalmente su sonrisa ensayada volvió a aparecer.
—No hagas nada de lo que puedas arrepentirte después, Jonathan —susurró.
La miré directamente a los ojos.
—Creo que ya he hecho suficientes cosas de las que arrepentirme.
Sin decir nada más, me giré y caminé hacia la salida del hotel.
El coche de Rebecca estaba aparcado detrás del edificio.
Metimos rápidamente a Leo en el asiento trasero.
Se hizo un ovillo en su sillita, abrazado a un pequeño peluche.
Yo me senté en el asiento delantero y cerré la puerta de golpe.
Rebecca arrancó.
Durante casi un minuto ninguno de los dos dijo una palabra.
Finalmente saqué la memoria negra del bolsillo.
—¿Dónde podemos ver esto sin que nadie nos moleste?
—Tengo el portátil sobre la mesa del comedor de mi casa.
—Llévame allí.