Lo llevó por el pasillo principal, pasando junto a otros agentes que apenas miraron.
Para ellos era rutina.
Un detenido más.
Un sábado más.
Pero la agente Marta Salas, de guardia en recepción, observó la cara de don Manuel y sintió algo raro.
No miedo.
No rabia.
Calma.
Una calma demasiado grande para un hombre esposado injustamente.
—Inspector —preguntó—, ¿cuáles son los cargos?
Ricardo no se detuvo.
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—Desobediencia, alteración del orden y resistencia. Registro normal.
En la sala de identificación, el agente Ramos preparó el lector de huellas.
—Vamos a ver quién es.
Sergio quitó una de las esposas, pero mantuvo su mano apretada sobre el brazo de don Manuel.
Ramos colocó los dedos en el escáner.
Pulgar.
Índice.
Medio.
Anular.
Meñique.
La pantalla procesó.
Un pitido fuerte llenó la sala.
Luego apareció un aviso rojo.
“Coincidencia confirmada: Manuel Rivas. Director general de la Agencia Nacional de Investigación. Prioridad Alfa. Notificar inmediatamente a Fiscalía Federal.”
Sergio se inclinó hacia la pantalla.
Su rostro perdió todo color.
—Inspector… eso dice…
Ricardo se movió como un rayo.
Empujó a Sergio a un lado y cerró el portátil de golpe.
El sonido retumbó en la sala.
—Fallo del sistema.
Ramos se quedó helado.
—Pero inspector, el protocolo federal exige…
Ricardo lo fulminó con la mirada.
—He dicho que es un fallo. Procesamiento manual. Ahora.
Sergio tragó saliva.
—Sí, señor.
Pero ya no sonreía.
Marta, desde la puerta, no había visto todas las palabras.