Días después, un hombre de su confianza me llamó.
—Octavio Beltrán ya sabe que existes.
Se me heló la sangre.
Esa noche vi una furgoneta desconocida aparcada frente a la pensión durante demasiado tiempo, y me di cuenta de que la amenaza era real. No llamé a Celia. Llamé a mi padre.
—Papá… necesito ayuda.
Llegó en menos de una hora. En el camino, sin apartar la vista del volante, le pregunté:
—¿Alguna vez te has arrepentido de haber criado al hijo de otra persona?
Ni siquiera lo pensó.
—Jamás. Eres mi hijo porque te crié, porque te cuidé y porque te elegí cada día.
Después de eso, dejé de huir.
Me reuní con Celia en una casa segura. La vi sin maquillaje, sin aplomo, sin esa elegancia que solía deslumbrarme. Parecía una mujer agotada por sus propias acciones.
—Escúchame bien —le dije—. Nunca más me hablarás como si fueras mi esposa. Si alguna vez te dejo un lugar en mi vida, será solo como mi madre biológica. Y aún no sé si puedo darte ese lugar.