“Lo entiendo perfectamente.”
Su voz se volvió más aguda.
“Sal de esta habitación.”Mi desesperación estalló.
“¡Mi hermano murió hace diecisiete años!”
Las palabras resonaron en el baño.
El señor Bennett se quedó paralizado.
Podía oír mi propia respiración.
Apoyé una mano contra el mostrador.
“Se llamaba Ryan Morgan. Tenía veinticuatro años. Desapareció después de decirme que se había relacionado con gente en la que no debería haber confiado.”
El rostro del señor Bennett palideció.
“Él llevaba ese medallón todos los días.”
Silencio.
“Fue un regalo de nuestra madre antes de morir.”
Silencio absoluto.
“Así que no me digas que me equivoco.”
Cerró los ojos.
Me acerqué.
“¿Quién eres?”
Volvió a abrir los ojos.
“Ya sabes mi nombre.”
“Christopher Bennett.”
“Así es.”
“No.”
Señalé su pecho.
“Sé quién es Christopher Bennett. Todo el mundo en Chicago lo sabe. Multimillonario inversor inmobiliario. Hoteles. Construcción. Finanzas. Pero Ryan tenía ese medallón antes de que el nombre de Christopher Bennett apareciera siquiera en un periódico.”
Sus dedos se cerraron alrededor del colgante.
“Vete, Rachel.”
“¿Qué le pasó a mi hermano?”
Su silla de ruedas retrocedió repentinamente.
“¡Salir!”
El grito hizo que la señora Álvarez saliera corriendo.
Se detuvo en el umbral.
“¿Christopher?”
Me señaló con el dedo.
“Llévala a casa.”
La señora Álvarez nos miró alternativamente a ambos.
“¿Qué pasó?”
“Ahora.”
No me moví.
—Rachel —dijo en voz baja.
“Pregúntale por el collar.”
Su expresión cambió.
Eso era todo lo que necesitaba ver.
Ella lo sabía.
Se me revolvió el estómago.
“Tú también lo sabes.”
La señora Álvarez desvió la mirada.
“Ay dios mío.”
Retrocedí hacia la puerta.