Sofía no habló al principio.
Se sentó allí, abrazando a su animal de peluche, observando con cautela todo.
Laura no la presionó.
Él le ofreció colores.
Un cuaderno.
Y el tiempo.
Después de unos minutos, Sofía comenzó a dibujar.
Vi en silencio.
Primero dibujó una casa.
Entonces, una pequeña figura.
Entonces… otras figuras más grandes alrededor.
Y luego, él dibujó algo más.
Un grupo de niños.
Uno de ellos empujando la pequeña figura.
Otro que se ríe.
Y en una esquina…
Una figura de pie, mirando.
No intervino.
Solo estaba mirando.
Laura inclinó ligeramente la cabeza.
“¿Quién es este?” Preguntó suavemente.
Sofía dudó.
Luego señaló la pequeña figura.
– Soy yo.
Señaló a los niños.
“Ellos”.
Y luego…
Señaló la cifra que solo estaba observando.
“Y él… es el maestro”.
Sentí un escalofrío correr por mi columna vertebral.
“La maestra no hace nada”, continuó Sofía, con una calma que le desmentía la edad. “Él dice que tenemos que aprender a defendernos”.
Laura ha intercambiado una mirada conmigo.
No dijo nada de inmediato.
Pero lo entendí.
No fue solo acoso.
Fue un abandono.
Esa misma tarde, fui directamente a la escuela.
Pedí hablar con el director.
No alzé la voz.
No hice una escena.
Pero tampoco me fui sin respuestas.
Le expliqué lo que estaba pasando.
Mostré las fotos de los moretones.
El resto lo encontrará en la página siguiente.